Insisto en este debate estético: La poesía es una escultura, no un diván psicoterapéutico.

Si le arrancáramos todo el pathos a la poesía no quedaría más que un esqueleto: allí comienza la obra del verdadero poeta, allí se fragua su sentido, sentido por y en sí mismo. La carne, los nervios, los órganos son parte de esa obra arquitectónica que se vislumbra en el edificio de la palabra creadora( y no expiadora).